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…y si hablamos desde el yo?

¿Qué generamos en la otra persona cuando, en vez de criticar sus actitudes, nos limitamos a hablar de cómo nos sentimos? A su vez, ¿cómo nos sentimos si alguien, en vez de criticarnos, nos dice como le afecta la actitud que hemos tenido?

Lo habitual es que reaccionemos, por lo menos de forma crítica, cuando alguien nos hace sentir mal o de alguna manera nos perjudica con su actitud.

Esta reacción que tenemos determina que la otra persona se ponga a la defensiva y también reaccione justificándose sobre la base de los motivos que tuvo para actuar, los cuales casi siempre tienen que ver con nosotros.

Estas mutuas reacciones, que se suceden de forma recíproca, determinan la escalada del conflicto. En esta situación las personas solo consideran sus argumentos y los efectos negativos de las reacciones, cada vez más cargadas de emociones, más agresivas y que pueden llegar a la violencia.

Esta escalada del conflicto nos impide descubrir la eventualidad de un mal entendido, una mala interpretación de los hechos o la posibilidad de reconsiderar nuestras actitudes. Las respuestas sucesivas, cargadas de juicios y adjetivaciones, van generando manifestaciones emocionales cada vez más intensas que nos alejan de las actitudes racionales.

En las relaciones personales el otro hace las veces de espejo respecto de nuestras actitudes y viceversa, eso quiere decir que si yo tengo una actitud agresiva genero que la otra persona también tenga una actitud agresiva como respuesta, en cambio si tengo una actitud racional y de comprensión generaré que el otro también tenga una actitud similar de racionalidad y comprensión para conmigo.

Lo importante, aunque a veces difícil de lograr, es ser conscientes y capaces de decidir qué actitud adoptar: una actitud cargada de emocionalidad o una respuesta determinada por pensamientos y razonamiento que nos permitan mantener el control de la situación.

Una herramienta que nos ayuda en este sentido es “hablar desde el yo”, es decir, hablar de lo que me pasa, de lo que siento, identificar mis emociones y manifestar cómo me siento en ese momento. De esta manera no estamos criticando ni enjuiciando la actitud de la otra persona, sino que estamos hablando de cómo nos sentimos a consecuencia de su actitud.

Ej.: Diálogo entre hermanos: “el volumen de la música que escuchas no me permite concentrar en lo que estoy leyendo”.

De un padre a su hijo: “tu bajo rendimiento en el liceo hace que yo tenga que intervenir para ayudarte a que te organices y distribuyas mejor el tiempo que dedicas a tus actividades”.

Diálogo entre vecinos: “si mantiene su perro suelto todo el tiempo mis hijos no pueden salir a jugar con tranquilidad”

Esta forma de actuar ante las manifestaciones de los demás tiene dos efectos inmediatos: por un lado evita que la persona se ponga a la defensiva, no podrá criticar lo que estamos diciendo, nadie sabe mejor que nosotros como nos sentimos, lo que estamos diciendo no es discutible, es lo que nos pasa, refleja cómo nos sentimos; por otro lado hacemos que la otra persona también adopte la misma actitud y tenga manifestaciones más razonadas, podamos dialogar y comunicarnos de una manera más efectiva acerca de lo que necesitamos o nos preocupa.

Reconocer nuestras emociones y hablar de lo que estamos sintiendo nos permite mantener una comunicación asertiva con los demás.

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